Jan 14, 2015

Los 15 pecados vaticanos

He encontrado en mi biblioteca un libro de Albino Luciani que tiene una anotación que me recuerda haberlo adquirido en San Juan, Puerto Rico, el 16 de febrero de 1979, o sea hará dentro de poco treinta y seis años. Fue una costumbre que no se por qué luego descontinué: la de anotar en un margen de la portadilla la fecha de adquisición de un libro. Se titula “Ilustrísimos Señores”, un formidable conjunto de cartas de quien había sido solo por treinta y tres días el Sumo Pontífice de la catolicidad bajo el nombre de Juan Pablo I, un homenaje que quiso rendir el nuevo papa a sus antecesores inmediatos, Juan XXIII y Pablo VI , promotores del Concilio Vaticano II.

El libro había aparecido en italiano en 1976 cuando aún Luciani era patriarca de Venecia, y se reeditó en español y otras lenguas en 1978 cuando éste había ascendido al trono de Pedro. Las cartas no tienen un carácter propiamente religioso, aunque sí moral, con rasgos humorísticos, conocimiento pleno de historia y literatura universal y decisivos mensajes sobre los valores éticos en la vida humana. Los destinatarios de estas cartas conforman una lista sorprendente: Charles Dickens, Mark Twain, Petrarca, Goethe, Hipócrates, Chesterton, Pinocho, Penélope, el rey David, Teresa de Avila, y así hasta sumar treinta y nueve, siendo el último: Jesús.

Pensé en Luciani, cuando leí in extenso el discurso navideño de Francisco Papa, en la que enumeró con particular valentía –ante la cara de asombro de su burocrático auditorio- los quince males de la curia vaticana, males que no dijo que son comunes en otras geografías curiales, aunque al exponerlos en la augusta sala Clementina de seguro que enviaba su contundente mensaje a todos los que ejercen como prelados de la Iglesia a través del mundo.

En su carta a Mark Twain, del libro citado, Albino Luciani escribía –temeroso de que los miembros de su diócesis se escandalizaran al saber que un obispo hablaba sobre el autor de las aventuras de Tom Sawyer y Huckleberry Finn- que “así como hay muchas clases de libros, hay también muchas clases de obispos. Algunos, en efecto, parecen águilas que planean con documentos magistrales de alto nivel; otros son como ruiseñores que cantan maravillosamente las alabanzas del Señor; otros, por el contrario, son pobres gorriones que, en la última rama del árbol eclesial, no hacen más que piar, tratando de decir algún que otro pensamiento sobre temas vastísimos”.

Y de obispos se trata la cuestión. Francisco ha proclamado en las fiestas de adviento recién pasadas lo que muchos católicos conocíamos y lamentábamos, pero desde las alturas vaticanas nadie había antes enunciado. Bueno, sí. Albino Luciani, con palabras, gestos y planes que se vieron frustrados con su aún misterioso ataque cardíaco del 28 de septiembre de 1978. Y, aunque no lo parezca, hay otro antecedente: Benedicto XVI, quien agotado por los escándalos de la curia, con sus energías vitales muy debilitadas, decidió acogerse al retiro. Habría de sustituirlo un latinoamericano resuelto que intenta desde su acompañado espacio en Santa Marta y no desde el solitario Palacio Apostólico, fortalecer la misión de la Iglesia denunciando lo que ha denominado la organización rígida e insular de los clérigos que gobiernan el catolicismo mundial y mostrando el “catálogo de enfermedades” que afectan la sencillez, la transparencia, el espíritu religioso, la dimensión moral y la salud misma de la comunidad eclesial.

Aunque se ha hablado mucho del tema, no se han enumerado fielmente los quince pecados que Francisco Papa atribuye a sus colaboradores y, más allá, a la curia universal. Y creo que es importante detallar esos males para tener un conocimiento cabal de las intenciones morales y el pensamiento renovador del Pontífice argentino, cuyo mensaje, de un alcance y trascendencia mayor incluso que la que pueda atribuirle la prensa mundial, tiene su base en los Evangelios y en citas de diversas encíclicas papales, documentos éstos que casi siempre terminan siendo material para sermones retóricos que para ejercicios prácticos de fe.

1. La enfermedad del poder. Los clérigos se sienten “inmortales, inmunes e incluso indispensables. Y dice el Papa: “una curia que no hace autocrítica, que no se actualiza y que no trata de mejorar es un cuerpo enfermo”. Es la “patología del poder”, el “complejo de los elegidos”, el sentirse como escogidos para ser principales y desdeñar, empequeñecer o descuidar los valores de su feligresía. Hagan una visita a los cementerios, dignísimos prelados, y eso les podrá “ayudar a ver los nombres de personas que tal vez también pensaban ser inmortales, inmunes e indispensables”. Lo dice el papa.

2. La enfermedad de la excesiva laboriosidad. Interesante. El papa no les exige a sus clérigos que trabajen hasta desmayarse. No. Les pide descanso. Les advierte que para combatir el estrés y la agitación, que sin duda afectan a todos los que están al servicio de Dios, no hay nada mejor que visitar a la familia, tomarse vacaciones, y utilizar las mismas para revitalizar el cuerpo y el alma. Ya lo sabemos. Un sacerdote también necesita tomar vacaciones. El Supremo Hacedor lo hizo al séptimo día. Jesús aconsejaba a sus apóstoles a descansar. Es un mandato bíblico.

3. La enfermedad del endurecimiento mental y espiritual. Cuántos sacerdotes y obispos hay que tienen, como dice Francisco, un “corazón de piedra”, que parecen haber perdido la sensibilidad humana y la capacidad de amar al prójimo. Cuánta falta de humildad, de juicio cuerdo, de despojo de desamor por los padecimientos y necesidades humanas hay en tantos sacerdotes y obispos.

4. La enfermedad de la excesiva planificación y funcionalidad. En algunos enclaves eclesiales se sobrepasan los límites del planeamiento apostólico y se ponen trabas a la presencia de ideas que abran nuevos caminos al desarrollo de la fe. El Papa dice que esas actitudes impiden “la frescura, la fantasía y la novedad” que las ideas alternativas traen a la Iglesia, cerrándose en “posiciones estáticas e inamovibles”.

5. La enfermedad de la mala coordinación. Falta espíritu de equipo. Búsqueda de colaboración. Desde las jerarquías muchas veces se imponen criterios, se impide la entrada de propuestas del laicado, y lo peor: se reniega de esas colaboraciones como diciendo “no tengo necesidad de ti”. Y ahí es cuando se llega al malestar y el escándalo. Lo dice el papa.

6. La enfermedad del alzhéimer espiritual. Cito a Bergoglio: “Lo vemos en aquellos que han perdido la memoria del encuentro con el Señor y dependen completamente de su presencia, de sus pasiones, de sus caprichos y manías, convirtiéndose en esclavos de los ídolos esculpidos por sus propias manos”. En otras palabras, se olvidaron por completo de las enseñanzas evangélicas, del valor de la oración y la Eucaristía, y como ya no pueden abjurar de su ejercicio pastoral se atienen a sus propios arrebatos. ¿A cuántos sacerdotes y prelados hemos conocido que desde hace rato reniegan interiormente de las creencias en que se formaron y las cuales continúan postulando antes sus fieles, pero siguen impertérritos aferrados a un falso prebisterado?

7. La enfermedad de la rivalidad y la vanagloria. “Cuando la apariencia, el color de los vestidos y las insignias de honor se convierten en el objetivo prioritario de la vida”. Sin comentarios.

8. La enfermedad de la esquizofrenia asistencial. Las que padecen aquellos que tienen “una doble vida”, al convertirse en simples burócratas o administradores eclesiales, y por tal razón pierden el contacto con el ejercicio real de la vida sacerdotal en cualquiera de sus funciones: la de servir a los fieles y a la sociedad. “Se crean un mundo paralelo y viven una vida escondida y a menudo disoluta”. Lo dice el papa.

9. La enfermedad de la crítica y el cotilleo. Lo que Francisco llama “el terrorismo de las habladurías”. Resulta insólito, aunque sea materia corriente, ver a un sacerdote chismoteando privada o públicamente, ejerciendo sin más el terrible oficio de la murmuración.

10. La enfermedad de divinizar a los jefes. Una cosa es el respeto reverencial. Otra, muy distinta, convertir en deidades humanas a los que ostentan posiciones jerárquicas o tienen dominio parroquial o de provincias eclesiásticas.

11. La enfermedad de la indiferencia a los demás. Actitud que se origina “cuando cada uno piensa solo en sí mismo y pierde el calor de las relaciones humanas”. Lo dice el papa.

12. La enfermedad de la cara fúnebre. Conozco sacerdotes y obispos a quienes prefiero saludar “de lejitos” porque faz adusta y frente estrecha me impiden acercarme a su oficio. “El religioso debe ser amable, sereno y entusiasta, una persona alegre que transmite alegría. ¡Qué bien hace una buena dosis de humorismo!”. Lo dice el papa.

13. La enfermedad de acumular bienes materiales. Algo que la Iglesia debe cortar de cuajo. Hay que acabar con las habladurías de obispos con fincas y casas veraniegas. El ejemplo de pobreza de salesianos, jesuitas y franciscanos no se practica en el sacerdocio diocesano, donde los bienes son permitidos. Y está bien, pero que sean bienes de prudente adquisición.

14. La enfermedad de los círculos cerrados. Que el mundo se abra a la Iglesia. Y que la Iglesia se abra al mundo. Comenzando por sus propios fieles, tan ajenos a muchas interioridades.

15. La enfermedad del aprovechamiento mundano, del exhibicionismo. La de aquellos que “transforman su servicio en poder, y su poder en mercancía para obtener ganancias mundanas o aún más poder”. Lo dice el papa.

Por alguna razón, pienso que Jorge Bergoglio fijó su vista en los escritos de Albino Luciani y que Francisco Papa sigue los pasos del malogrado Juan Pablo I. Reescribo un trozo (que subrayé hace treinta y seis años) de una de las cartas de Luciani, en la que él se dirige a sí mismo, como respuesta de San Bernardo, abad de Claraval, a una misiva que le había dirigido, imaginariamente, el primero: “Tampoco es prudente la actitud de quien se obstina en no darse cuenta de la realidad evidente, y cae en la rigidez excesiva, en el integrismo, haciéndose más papista que el papa... Hay quienes habiéndose aferrado a una idea, la entierran y siguen custodiándola y defendiéndola durante toda la vida, sin volver a repensarla, sin molestarse en comprobar qué le ha sucedido después de tantas lluvias, vientos y tempestades de acontecimientos y cambios”.
 
POR Rafael Lantigua via Diario LIbre