Dec 14, 2014

Fue violada con 15 años. Se quedó embarazada y no abortó

'Mi hijo es la alegría de mi vida, lo mejor que me ha pasado...'
Jueves, nueve de la noche, en Tàrrega, Lleida. Un bebé de pelo rizado y grandes mofletes corretea feliz por el piso. El pequeño, de 18 meses, disfruta trasteando con un Ferrari F40 rojo de juguete y aporreando el teclado del ordenador portátil de su joven madre (18 años recién cumplidos). El crío alegra las vidas de una familia que ha superado el dolor extremo de la violación de una hija menor de edad.

Ocurrió en Tàrrega en septiembre de 2012, cuando la niña aún no había cumplido los 16. El niño es la consecuencia de la agresión que sufrió la joven Gisell. Y es, a la vez, el gozo de una familia que se ha revuelto contra el horror con una deslumbrante entereza. Es la historia del descenso de Gisell al infierno y su posterior conquista de la «máxima alegría».


La joven y su madre, colombianas las dos, temían que el bebé pudiera tener "la misma cara" que habían visto en fotos policiales del "monstruo". Así es como se refieren al violador de Giselle, un individuo delatado por los efectos de su delito: el ADN del bebé ha revelado que es el padre. "Ha costado asimilarlo, pues no ha sido un proceso fácil ni agradable, pero ahora la familia vive con alegría y amor tener en casa a un niño nacido del dolor. Es un ángel, un osito de peluche. Estamos felices, tenemos normalidad".

El osito está comiendo una manzana golden en los brazos de su madre cuando Crónica llama a su puerta. El pequeño lleva un mes en casa por culpa de una varicela y un resfriado, pero suele ir a la guardería. Su abuela, María, de 44 años, entremezcla el castellano y el catalán para dirigirse a él. La mujer y su hija llevan nueve años en Tàrrega, a donde llegaron procedentes de Bogotá para reunirse con el cabeza de familia, que había emigrado unos años antes. El abuelo, que ejerce de padre del bebé, está ausente esta noche: con una boca más que alimentar, trabaja tantas horas como puede. Tanto él como su esposa, mujer trabajadora, envían dinero a sus respectivas madres, en Colombia, todos los meses.
El ataque

La violación de Gisell fue al poco de empezar cuarto de ESO en un instituto de Tàrrega. La menor pasó la noche jugando a videojuegos y charlando con su grupo de amigos -colombianos, dominicanos y españoles- en el piso de uno de ellos. De vuelta a casa, sobre las 2:30 de la madrugada de un lunes, mientras caminaba sola por la calle, advirtió que un desconocido la seguía. La abordó en el portal de su casa, agarrándola por la espalda, y la empujó a la cuesta del aparcamiento del edificio, un lugar alejado de miradas. "Follas o te mato", la amenazó. La llevó a un descampado próximo y consumó la violación sin que nadie pudiera escuchar sus gritos de auxilio. "Ni mi hija ni yo habíamos conocido a un desgraciado así en Colombia. Hemos tenido que venir a España para conocerlo", lamenta María, con lágrimas en los ojos. "Cada día que me levanto, me gustaría tener alas y volar de Tàrrega", añade Gisell, que le pide a su madre que no llore.
El silencio

La menor silenció la violación. Cuatro largos meses sin decir ni palabra sobre el ataque sufrido. No lo contó en casa ni en el instituto ni en su grupo de amigos. Tampoco a su hermano, fruto de una relación anterior de su madre, un joven de 26 años que también vive en Tàrrega, fuera ya del hogar familiar.

Gisell siguió yendo a clase como si nada. Pero el ánimo no le acompañaba. Por dentro, se sentía destruida por "el monstruo". Se planteó dejarlo todo y volverse a Colombia. Acabó recluida en su habitación llorando a solas. Su objetivo, dice, era que no se supiera nada.

-¿Por qué?

-Me refugio en mí misma. No suelo explicar mis problemas personales a nadie. No me gusta. Lloro a solas en mi cuarto.

En esa época, recuerda Gisell, la confianza entre ella y su madre atravesaba una crisis. Se entendía más con su padre, pero le daba vergüenza hablar con un hombre sobre una violación y un posible embarazo.
El descubrimiento

En febrero de 2013, pasados cuatro meses y medio de la violación, la menor pasó una semana bastante enferma. Resfriada, con fiebre y anemia, no dormía bien. La familia notó cambios en su aspecto: "La cara se le veía muy amarilla", recuerda María. También le cambió el carácter: "Estaba más agresiva. Yo sentía que algo le estaba pasando, algo en mi interior me decía que ella no estaba bien. Mi marido decía que no tenía nada malo y me preguntaba si es que yo estaba amargada por tener esa forma de pensar sobre la niña. Entonces, me pregunté si mi cabeza estaba loca o estos ojos estaban mirando mal", relata la mujer.

La menor rechazaba ir al ambulatorio: "Yo les decía que no tenía nada". Ni ella fue por iniciativa propia ni sus padres, siempre ocupados por el trabajo, la arrastraron a la consulta del médico de familia.

Días después, el cabeza de familia empezó a sospechar que su hija estaba embarazada. En repetidas ocasiones se lo preguntó directamente. Las sospechas se confirmaron en el centro de atención primaria de Tàrrega. El origen del malestar de Gisell era un embarazo de casi cinco meses. La chica se desmoronó y explicó la verdad. "Saber lo ocurrido fue un dolor de cabeza gordo, gordo", señala María. "Nunca en mi vida tuve que pasar algo así. 'Tierra trágame', me decía. Quería morir. La tristeza se apoderó de nuestra familia".
La denuncia

Los facultativos instaron a los padres de Gisell a denunciar los hechos ante los Mossos, que abrieron una investigación. Tomaron declaración a la menor, que apenas pudo aportar una descripción de los rasgos físicos del agresor. Indicó a los investigadores que el violador podía ser de origen magrebí. Un hombre de unos 50 años al que no había visto en su vida. Con esa información, los agentes iniciaron unas pesquisas para reunir fotos de sospechosos cuya descripción se ajustaba a los datos aportados por la víctima. La suerte se puso de su parte: en una visita al piso de la familia, los investigadores mostraron a la menor varias imágenes. Gisell pudo identificar a su violador. Era la foto de "el monstruo", sí.

El sospechoso negó desde el primer momento los hechos. Los investigadores apenas contaban con el reconocimiento fotográfico, una prueba insuficiente. Se da la circunstancia, sin embargo, que el mismo individuo violó a otra chica un mes después de atacar a Gisell. El 14 de octubre de 2012, tras ingerir elevadas dosis de alcohol, abordó a una joven a la salida de un bar de Tàrrega. Alertados por los gritos de la víctima, los Mossos lo detuvieron. En esta ocasión, a diferencia de lo ocurrido con Gisell, el tipo usó preservativo. Una vez analizado el ADN de los restos del acusado en las uñas de la víctima y en el semen del condón, quedó demostrado que eran coincidentes. Fueron las pruebas decisivas para condenar al violador a siete años y seis meses que está cumpliendo en la cárcel de Ponent (Lleida). Lo acusaron de dos violaciones en el espacio de un mes, pero la de Gisell no había quedado probada. Aún no.
El ADN

La causa de la violación de la menor colombiana no se cerró. Durante meses, continuó abierta porque se albergaba la esperanza de que la ciencia pudiera resolverla. El nacimiento, el 12 de junio de 2013, dio un giro al caso. El bebé, engendrado en una violación como decía Gisell, permitió esclarecer el caso al Juzgado de Instrucción nº2 de Cervera. Identificaron al presunto autor de la agresión sexual tras cotejar su ADN con el del hijo de la víctima. El cotejo permitió avalar el procesamiento del sospechoso, D.A.V.A., un cincuentón cuyo juicio se celebrará en el primer semestre del año próximo. La defensa solicita la libre absolución, ya que el acusado niega los hechos.

La fiscal de Cervera había instado la prueba de ADN el 2 de mayo de 2014. El test se ha extendido en los últimos años por su alta fiabilidad, muy útil en todo tipo de investigaciones penales o civiles, pese a que aún no está regulada adecuadamente en España mediante una ley orgánica. Tarda tres días en ofrecer los resultados, tiene un coste de unos 6.000 euros y se utiliza sobre todo para investigar delitos graves. Resulta fundamental para resolver violaciones en las que se debe decidir entre creer la palabra del acusado o de la víctima. Las pruebas de ADN para determinar la paternidad requieren una triple comparación: la secuencia del padre, de la madre y la del hijo. La combinación de las dos primeras debe dar como resultado la del vástago. Y así ocurrió con el hijo de Gisell.

La Ley de Enjuiciamiento Criminal establece en el artículo 363 introducido en 2003 que el juez podrá acordar, siempre que haya razones que lo justifiquen, la obtención de muestras biológicas del sospechoso para determinar su perfil de ADN. La Ley Orgánica 10/2007 reguló, además, las bases de datos policiales sobre identificadores obtenidos a partir del ADN. Aunque no se puede realizar por la fuerza, la negativa del acusado puede ser utilizada como indicio en su contra y constituir un delito de desobediencia, explican fuentes judiciales. El Tribunal Constitucional estableció recientemente que la extracción de sangre de un detenido requiere asistencia de letrado, aunque sea consentida. Pero la reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, presentada la semana pasada por el Gobierno, excluye la necesidad de letrado.

Tras conocerse los resultados de la prueba genética del caso de Gisell, el juez de Cervera ordenó el procesamiento del acusado por un delito de agresión sexual. No fue necesario ordenar su ingreso en prisión porque ya estaba recluido.

Gisell y su familia no se han personado en la causa.
¿Abortar?

Al poco de confirmarse el embarazo de Gisell, su madre cae enferma. El estrés y la tensión acumulada le pasan factura. "Iba a trabajar y no sabía dónde estaba", recuerda María. La familia se planteó, a instancias del médico de cabecera, que la menor abortase. "Tanteó la posibilidad de que fuéramos a Barcelona, pero era demasiado tarde, habían pasado casi seis meses. Era arriesgado e ilegal, salvo en el extranjero", recuerda Gisell. «Además, yo no quería abortar. Mis padres pensaron en ello pero yo no». Interviene la nueva abuela: "Es difícil asesinar a una persona. Una nunca estuvo acostumbrada a esto. Diferente sería en el primer mes de gestación. A esas alturas, era ya un niño formado".

Invierno de 2013. El peor momento. "Nos sentimos desamparadas y juzgadas por las personas a las que dirigíamos nuestras consultas: médico, psicólogo, ginecólogo... Nos tiraban la puerta a la cara, a mi mamá le contestaban mal y le decían que si estaba loca", indica Gisell. Y completa su madre: "Me daban ganas de coger por el cuello a una supuesta profesional de la psicología que nos juzgaba sin sensibilidad ni corazón. Insinuó que yo no hacía por mi hija todo lo que debía. Me reprochaba que no hubiese llevado a mi hija a una cita concertada. No pudimos ir porque coincidía con una reunión en el juzgado".

De su trato con los Mossos, a Gisell le molestó que dudaran de la veracidad de su denuncia. "Me advirtieron que podía meterme en problemas si estaba inventándome lo de la violación, pero ¿quién va a inventarse algo así?". Una de las escenas más duras fue en la prisión de Ponent, cuando la víctima acudió a reconocer al acusado junto a su madre: "En 35 años no había conocido una cárcel en Colombia, he venido a conocerla en España".

Principios de 2013. Gisell se sincera con su tutora y le comunica que no va a volver al instituto. "Me quedé deprimida en mi habitación llorando", recuerda. "Sólo pensaba en irme para Colombia. Si salía de casa, le pedía a alguna amiga que me acompañara. No quería ir sola por la calle. Y así estuve un buen tiempo". Rechazó tratamiento psiquiátrico, se veía con fuerzas para superarlo por sí misma. La chica pide ahora que "los chismosos" de Tàrrega, de 17.000 habitantes,"paren de hablar de mí, sólo quiero que me dejen tranquila".
Alumbramiento y felicidad

La llegada del bebé cambió las cosas. El dolor y el estrés dieron paso a la felicidad. La luz. El parto fue perfecto. El osito pesó tres kilos y medio. Madre y abuela lo recuerdan como "un ángel blanco de ojos azules". Ahora, con la piel y los ojos más oscuros, lo describen como un bebé de 18 meses dulce, cariñoso y gracioso. "Es mi mico, mi osito de peluche, la alegría de mi vida, lo mejor que me ha pasado", sonríe la chica.
El futuro

Gisell ha quemado etapas rápidamente. Era una adolescente acostumbrada a pasar las tardes en el parque comiendo pipas con sus amigos. Estudiante regular desde que llegó a España, bastante coqueta, solía perder el tiempo en invierno jugando a la PlayStation en una vivienda que era el punto de encuentro de su pandilla. Ahora, trata de ganar dinero trabajando de camarera los fines de semana. Aunque mantiene el contacto con sus amigas, su prioridad es la educación de su hijo. Cierra los ojos y sueña despierta: se imagina viviendo con él en el futuro en lugares con más oportunidades que Tàrrega. "Me gustaría dejar de depender de mis padres. Querría vivir en Barcelona, Nueva York o Londres, donde las cosas van mejor. Colombia lo reservo para las vacaciones. Tàrrega, para el olvido".

El fiscal pide para el acusado una pena de 12 años, que pague 40.000 euros a Gisell por daños morales y que esté alejado a 500 metros e incomunicado de la víctima y el niño durante los 10 años siguientes al cumplimiento de la condena. Reclama la privación de la patria potestad respecto al menor, sin que por ello deje de pagarle una pensión alimenticia, si la madre lo solicita. En su día, Gisell y familia se negaron. No quieren nada de "el monstruo".

Gisell ha decidido que no le contará a Juan quién es su padre. "Le contaré mi historia. Y le enseñaré que la vida tiene cuatro sentidos: amar, sufrir, luchar y ganar. Quien ama, sufre; quien sufre, lucha, y quien lucha, gana". Palabra de madre coraje.

HÉCTOR MARÍN /