Aug 27, 2014

¿Por qué mi hijo es desobediente?

De vez en cuando,  todos los niños desobedecen, reaccionan con coraje o ignoran las peticiones de los adultos. Los padres o maestros buscan controlar estas conductas sin necesariamente preguntarse qué las motiva.

Sin embargo, la violencia, el desafío o el aislamiento en ocasiones manifestado por los  menores en la casa o la escuela pueden ser la única manera que a su corta edad y en pleno desarrollo de su lenguaje emocional,  tienen disponibles para expresar aquello que les molesta o les angustia.

Buscar la razón del comportamiento  es importante no solamente para identificar la mejor manera de entender y ayudar a los menores, sino para evitar diagnósticos y tratamientos médicos inadadecuados.

La doctora Luisa Collazo Valentín, sicóloga con práctica escolar, destaca que según su experiencia las reacciones emocionales de los niños pueden ser etiquetadas erróneamente como un Trastorno oposicional desafiante.

Este desorden se caracteriza, según la Academia Americana de Siquiatría de Niños y Adolescentes por un “patrón de falta de cooperación, desafío y comportamiento hostil a figuras de autoridad que interfiere seriamente con el funcionamiento del niño”. Así es que una condición para el diagnóstico es que no sea una conducta aislada, sino presente en diferentes ambientes en los cuales se desenvuelve el menor.

Pero la doctora Collazo llama la atención al hecho de que algunos niños diagnosticados con el trastorno se comportan diferente a la descripción que hacen de ellos padres, maestros y otros profesionales que los evaluaron.

“Sí, tienen una conducta desafiante u oposicional, pero por otras causas”, explica la sicóloga.

Existen muchos ejemplos de estas “otras causas”. Collazo menciona  el caso real de un menor que no respondía cuando la maestra lo llama a la pizarra y tenía problemas de conducta.

“Cuando evaluamos,  nos damos cuenta de que tiene un problema visual, de procesamiento de lenguaje, que no tiene un  concepto de lo que es una oración”, cuenta Collazo, acerca del menor que prefería  quedarse callado no por ser irrespetuoso sino porque temía que lo regañaran o,  quizás peor,  se burlaran de él.

Otro ejemplo puede surgir durante actividades extracurriculares como el deporte. Si el menor está expuesto a exigencias que por alguna razón- por ejemplo una limitación física que no puede identificar- podría reaccionar con violencia o desgano. Podría frustrarse, llorar o empujar. Sin embargo, nuevamente, su proceder podría estar motivado por problemas que no necesariamente tienen que ver con la conducta.

“No te pueden decir lo que les está sucediendo porque no tienen la capacidad para comunicar qué le pasa o, a veces, el adulto no tiene la capacidad de escuchar”, indica la doctora.

Para atender las situaciones de forma apropiada y evitar llegar a conclusiones erradas,Collazo recomienda tomar en cuenta si el comportamiento del niño es aislado o afecta todas las áreas de su cotidianidad. Y, aun cuando la respuesta sea que sí, los padres y los profesionales a su alrededor deben cuestionarse a qué está respondiendo, cuál es la queja silente detrás del acto, si el niño tiene la suficiente edad y capacidad para expresar su incomodidad y si las figuras a su alrededor le dan confianza y apertura para expresarse.

También es importante prestar atención a posibles dificultades que podrían no ser evidentes, tales como problemas visuales, motores o en las funciones ejecutivas (que incluyen varias áreas del proceso cognitivo tales como la memoria de trabajo, el razonamiento, la solución de problemas, la planificación y ejecución, entre otras).

Hay que descartar que las reacciones sean la consecuencia de una necesidad que el niño no sea capaz de expresar, o el adulto no pueda detectar. Tan importante como descubrir la razón del comportamiento, es el manejo de la situación por parte de los mayores; sus guías.

Por Camile Roldán Soto